Diario de escritores

martes, 15 de septiembre de 2020

PERDÓN MAMÁ

Alumna: Julieta Pettinari
Docente: Santiago Castellano
Comisión: 07
Modalidad: Individual
Consigna: A partir de Casas: "Elija una historia menor, no desarrollada, de alguno de los relatos. Expándala a la manera de Casas; la historia elegida debe convertirse en el sostén de una nueva historia, donde se agregan nuevos personajes.

PERDÓN MAMÁ

Un día más en mi vida, ya todos son iguales para mí. Me da igual si está soleado, nublado, lluvioso, frío; no siento nada. La rutina me tiene esclavizado. Me levanto a eso del mediodía en mi oscuro y sombrío monoambiente; casi siempre lo noto desordenado, sucio, pero de todas formas lo dejo así. Camino hacia la puerta de entrada esquivando restos de envoltorios de comida que me pido cada noche y salgo. Siempre me dirijo hacia el mismo lugar, las hamacas de la plaza que está a dos cuadras de mi casa. Cada vez están en peor estado. Durante mi infancia, el rojo de sus tablones brillaba permanentemente. Hoy, la pintura está salida del todo y ya no hay niños a su alrededor. Las personas que se acercan lo hacen con un motivo, muy alejado de lo que puede ser un juego. Ya no se ven más esas caras de chicos inocentes que antes abundaban, sino que, todo lo contrario. Jóvenes y adultos cuyo estado es deplorable vienen a mí para seguir agravándolo. A eso me dedico yo, la venta de droga. No me genera culpa que tengan que robar para pagarme o que les esté arruinando la salud con lo que les doy. Ni yo ni nadie los fuerza a venir a comprarme, ellos mismos se acercan. De todas maneras, trato de no relacionarme con ellos, ninguno tiene mi número ni sabe mi verdadero nombre. Mi trabajo es esperar a que vengan y ahí les doy lo que vienen a buscar. No me preocupo por nadie, excepto por mi aliado y mejor amigo, Andrés. 

Con Andrés somos amigos de toda la vida. Hemos vivido todo tipo de momentos juntos. Hoy, sin lugar a dudas, cada uno de nosotros está atravesando su peor etapa. Nuestra amistad es lo único que nos saca adelante o eso creo yo. Supimos ser esos niñitos inocentes que casi todos los días iban a jugar con la pelota y las hamacas en la plaza. Pero la vida nos soltó la mano. Quedamos solos y el mundo es demasiado pesado como para sostenerlo de esa forma. Por eso, entendimos que lo mejor era atravesar la tormenta juntos. Lo que nunca supimos, era que la tormenta sería eterna. 

Mi familia nunca fue perfecta. Desde que tengo memoria, mi papá siempre tuvo problemas con el alcohol. Esto generó enormes dificultades para todos, pero especialmente para mi mamá. Se volvió perjudicial haber vivido en ese ambiente conflictivo y tóxico. Tampoco fue fácil para mí. Crecí solo, librado a la suerte, resolviendo situaciones que deberían haber sido resueltas por mis papás. No entendía qué significaba el alcoholismo, y tampoco nadie me lo explicó. Me avergonzaba de lo que ocurría en mi casa y me prohibí a mí mismo hablar con alguien del tema. Cargué con ese secreto toda mi infancia; los golpes, maltratos, llantos, gritos, peleas, todo. Sentí culpa, ansiedad, vergüenza, confusión y depresión. 

Nunca tuve la valentía de romper el silencio. Ese silencio ensordecedor que durante mucho tiempo rodeó el drama de mi infancia. No encuentro recuerdos lindos de aquella época. Fueron opacados por el miedo y la soledad. Mi mayor temor era volver de la escuela y que mi mamá no esté más. Sí, tenía miedo que mi papá la matara. Él era un hombre desagradable que siempre hizo lo que quiso. Mi mamá, en cambio, sufrió y sufre depresión. Ella tuvo que irse haciendo sola en la vida, siempre con el terror anclado a su cuerpo. Yo creo que, a modo de protección, guardaba en secreto las agresiones y abusos.

En la casa mi presencia era igual que la de un gato. Para no generar más problemas, me aislaba en mi cuarto. Pero siempre estaba con mis oídos escuchando atentamente. Tenía la sensación de que yo debía estar siempre ahí, porque tenía miedo de que la situación llegué a un extremo irreversible, en el cual tuviera que despedir a mi mamá. 

Cuando tenía ocho años, escribí esta carta: 

“Querido Jack,

No le digas a papá que te escribí esta carta, se molestaría mucho conmigo. Mamá dice que no debemos odiar a nadie, pero yo no puedo evitar odiarte. Sólo quería pedirte un favor; que te alejes. Aléjate de nuestras vidas. Por tu culpa, papá perdió el trabajo, mamá llora a escondidas, no hay dinero para comida. Puedo decir que mamá, muchas veces, pasó hambre para que yo comiera.

Nunca dejas que mi papá este para mí. No pudo ir a ninguna presentación de la escuela, tampoco juega al fútbol conmigo como todos los papás normales. No es un papá normal. ¿Por qué? Todos mis compañeros hablan de sus papás como héroes. Por tu culpa yo no puedo verlo así. Después de que te conoció, nunca llegó a casa antes de la media noche. ¿Qué le estás haciendo?

Después, él comenzó a lastimar a mamá. Primero con las palabras, después con el cinto. Nos tuvimos que esconder de los vecinos, de nuestros amigos, de todos. Hiciste que papá nos tuviera amenazados.

Y ahora te escribo esto, Jack, porque papá comenzó a verme como un juguete más. Me pega y yo tengo mucho miedo. En serio no sé que le dijiste o le hiciste, pero cambió tanto desde que te conoció.

Sólo quiero que sepas que mamá quiere a su antiguo esposo y yo a mi antiguo papá. Por favor, aléjate de él, déjanos ser felices. Espero puedas entender,

Roli”

Le escribí una carta al whisky. En ese momento pensé que era su mejor amigo. De hecho, papá todos los días comentaba que iba a ir a la cantina con él.  Ni mi mamá ni yo le reprochábamos nada, sino íbamos a ser castigados. Su palabra era definitiva e irrevocable. Todavía tengo pesadillas con el día en que mamá le insistió para que trajera a Jack a comer a casa. Estábamos los tres comiendo en la mesa redonda de la cocina. Era de mediodía. Mamá había preparado uno de sus platos predilectos, pollo con papas. Papá comía su pata con una mano y con la otra, manejaba el control del televisor. Mientras tanto, nos contaba que esa noche “iría de copas” con su amigo Jack. Allí fue cuando ella le sugirió traerlo a casa algún día a comer. Él se negó completamente y, en cuanto mamá insistió, le revoleó violentamente la pata de pollo en la cara y comenzó a gritarle de tal forma que parecía que las venas de su cara estaban a punto de estallar. Seguidamente, infló su puño y le pegó con tanta fuerza que ella terminó tendida en el piso. Yo permanecía quieto, pálido, aguantándome el llanto, con la mirada fija en la ventana que tenía frente a mí. Miraba el celeste del cielo suplicándole a Dios que detuviera la situación. El llanto de dolor de mi mamá todavía me retumba en los oídos. Ella pese a contar con las mejores intenciones terminó recibiendo una paliza. Nuestra vida era un auténtico calvario.

Por supuesto que mantuve oculta la carta. Tenía miedo, mucho miedo. La situación empeoraba progresivamente. Hasta que un día, mi papá no llegó más. Nos dejó. Nos abandonó a mí y a mi mamá. Nunca intentamos contactarlo, pensamos que era mejor así. Yo estaba en mi último año de colegio y mamá salió a buscar trabajo. Antes mi papá no la dejaba porque le decía que no servía para nada. Ella comenzó a trabajar como empleada doméstica, pero con eso no alcanzaba. Por eso me vi obligado a dejar la escuela y buscar una fuente de ingreso. La necesidad de plata rápida y fácil me condujo al negocio de las drogas. Como en el barrio era como un fantasma, los vendedores aprovechaban para usarme de mula. Nadie iba a dudar del pobre Roli. Además, mi trabajo era como yo: silencioso. Simplemente llevaba y traía, nada más. De esa forma, fuimos saliendo adelante.

Cuando parecía que por fin encontrábamos la paz, tocamos fondo. Mi mamá volvía a casa con mucha tos. En un principio pensábamos que era algo normal por el cambio estacional. Pero la tos se fue agudizando, hasta el punto que le salía sangre y le faltaba el aire. En ese momento, decidimos ir de urgencias al hospital público más cercano. Cuando llegamos, la guardia estaba colapsada. Médicos iban y venían, las sirenas de las ambulancias no paraban de sonar y la gente aguardaba que la atiendan en donde podía, ya que ni en el piso nos podíamos sentar de lo lleno que estaba. Lamentablemente era el único hospital de la zona, por lo que no teníamos alternativa y debimos aguardar unas largas horas. Cuando pudieron atenderla, el médico inmediatamente la mandó a otra sala para hacerse otros estudios, cuyo nombre no recuerdo porque no tengo mucha afinidad con la medicina. Era algo así como una cámara de rayos “x”. Sin embargo, no lo pude confirmar porque no me permitieron acompañarla. Me tuve que quedar esperando en una sala contigua, la cual estaba vacía, poco iluminada, fría, y sucia. Aguardé en el único banco que había allí entre el polvo. Cada vez que me movía, su crujido retumbaba en cada rincón, lo que incrementaba la hostilidad de ese lugar. Sentí que esa espera a que regrese fue eterna, pero aún no sabía lo que me esperaba. 

No fue mi mamá quien reapareció sino el médico que la había atendido al principio. Se lo notaba algo nervioso, su voz temblaba al comenzar a hablarme. Seguramente por eso fue breve y prefirió decirme el diagnóstico sin anestesia. Sus palabras fueron: “Mirá tu mamá tiene cáncer de pulmón y está grave, la vamos a tener que operar ya”. Es muy difícil describir ese frío que me corrió por la espalda cuando terminó de decírmelo. Una sensación de vacío invadió mi alma. Ese miedo que experimentaba de niño había vuelto, el miedo de perder a mi mamá. No pude contener las lágrimas, ya había perdido la fortaleza que supe tener. 

Al instante, dos enfermeros pasaron por la sala empujando una camilla a toda velocidad. Arriba de ella estaba mi mamá, débil, asustada y perdida. Entre la desesperación pudimos conectar las miradas. Nuestros ojos transmitieron el mismo mensaje, uno de despedida. La mirada era como la de un perro al que su dueño abandona en el medio de la noche. La persona más importante de mi vida se iba por un pasillo y sabía que no iba a volver. Atiné a correr a la par de la camilla, le sostuve la mano por unos segundos, pero los enfermeros no tardaron en sacarme. Ella era mi luz y yo veía como poco a poco se iba alejando hasta volverse invisible. 

Por unos minutos quedé tirado en el piso, desconsolado, desesperanzado, culpándome por no haberme dado cuenta antes. Volví a rogarle a Dios, que por favor hiciera un milagro y salvara a mi mamá. Le dije que cambiaría todos mis hábitos y me dedicaría al trabajo social de ser necesario. Yo no soy religioso, pero fue el único refugio que encontré en el momento. Estaba dispuesto a todo con tal de poder seguir abrazándola todas las mañanas.

Cuando levanté la vista, me encontré a mi mismo frente a un espejo. Me observé detenidamente, estaba destruido tanto por dentro como por fuera. Mi ropa llena de polvo, mis manos negras por haberlas arrastrado en el piso y mi cara deformada por el llanto.  A mi mamá no le hubiese gustado verme así. Cada vez que estaba desprolijo ella me alineaba. Solía repetirme una frase muy famosa: “Como te ven, te tratan y si te ven mal te maltratan. Y si te ven bien te contratan”. Siempre me empujaba para que encare la vida con una sonrisa. Por eso, hice un juramento en su nombre, nunca bajaría los brazos. Siempre iría por más. 

Luego de esa reflexión que me ayudó a juntar fuerzas, fui al baño. Me lavé la cara, me peiné y traté, en lo posible, de removerle las manchas a la ropa. Cuando salí, me estaba esperando el cirujano con su gorro en la mano derecha, la cual reposaba en su pecho. Ella ya no estaba más, se había ido. Él me contó que había luchado y que, por momentos, ganó la batalla, pero se enfrentaba a un rival mucho más fuerte y, tarde o temprano, la iba a vencer. 

Ya han pasado cinco años de aquel trágico episodio. Todavía conservo sus cenizas en el frasco donde ella guardaba sus “condimentos especiales”. Sin dudas su pasión era la cocina, pero nuestra condición humilde, la privó de prepararme los platos que ella hubiese querido. Sin embargo, a lo que pudo hacer, le metió todo el amor y empeño posible. Sé que me mira desde el cielo y siento con todo mi ser estar incumpliendo con el juramento que le hice. El mundo de las drogas terminó siendo un boleto de ida. Me subí a un tren del que no puedo escapar. Hay gente muy poderosa sometiéndome aquí dentro y no creo que piensen en dejar de hacerlo. Perdón mamá.    

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Consigna: Junto con el cuento, les propongo que escriban un "Protocolo" o relato de cómo fueron escribiéndolo. 

PROTOCOLO DE ESCRITURA:

Desde un personaje sumamente frágil, intenté presentar la realidad de la fragilidad, las luchas interiores y la necesidad de la fraternidad. Cada vida es una batalla. Por lo tanto, cada uno es un combatiente que necesita siempre de una sonrisa, una mano tendida y ánimo para continuar. 

La cocina de la escritura de un cuento siempre tiene sus complicaciones. Hay escritores que se caracterizan por pensar la idea completa de la historia y luego comenzar a desarrollarla. Ese no es mi caso. A mi me gusta pensar sólo el comienzo y luego que la propia dinámica de la historia me ayude y guie. Darle vida al cuento. ¿Cómo logro eso? Con ayuda de los personajes. Si ellos se muestran planos, simples, no tienen metas ni ambiciones o tienden a ser bastante predecibles y aburridos; el texto se volverá tedioso y cansador. 

Una historia sin personajes bien desarrollados y pensados es como un plato de comida sin sal y especias.  Entonces, ¿cómo desarrollamos los personajes? Lo cierto es que no soy ninguna experta ni mucho menos, pero intento no enfocarme sólo en el nombre, aspecto físico y rol. Yo creo que se trata de ir más allá, conocerlo más a fondo. Eso hice con “Roli”. Al principio era solo un nombre para mí, pero tras ir escribiendo la historia se volvió una persona sensible y con falta de amor y afectos. 


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