Alumna: Julieta Pettinari
Docente: Santiago Castellano
Comisión: 07
Modalidad: Individual
Indicación: Primera escritura
Docente: Santiago Castellano
Comisión: 07
Modalidad: Individual
Indicación: Primera escritura
Consigna: Escribir un cuento en el que aparezcan los 5 objetos que eligieron, de la siguiente manera: uno aparece dentro de un flashback (retrospección, recuerdo de uno de los personajes), otro es robado, otro es un amuleto de uno de los personajes o del narrador, el cuarto es parte del escenario y el último funciona como pasaje a otro mundo / situación / escena / estado de cosas.
Un verano italiano
“Estudiar abre puertas a nuevos mundos”. Eso me dijo mi mamá cuando decidí venir a estudiar a Buenos Aires. Nunca terminé de entender bien a lo que se refería. Para mí era un simple slogan que utilizaba para motivarme. Hasta anoche.
A pesar de ser fin de semana, opté por quedarme en casa estudiando en vez de salir con mis amigas. Me pasé la noche entera mirando videos y tomando apuntes sobre las tácticas de aquellos seleccionados que quedaron grabados en la historia del fútbol mundial. La selección húngara del 54´, la famosa “Naranja Mecánica” del 74´, la “verdeamarela” del 70´y del 94´, y, cómo la más reciente, la alemana del 2014. Por un tema de gusto personal, no pude dejar afuera a los seleccionados argentinos del 78´y del 86´. Haber revivido futbolísticamente a leyendas como Puskás, Cruyff, Pelé, Beckenbauer y Maradona me hizo comprender, en gran parte, las características que muchos jugadores de elite buscan imitar hoy por hoy. Puedo decir que me empaché de fútbol.
Dentro de esa obsesión en la que me encontraba inmersa, cuando terminé de estudiar me quedé tildada, por unos minutos, mirando fijamente el cuadro que me pintó mi hermano. Habrá sido causa de lo que Freud denominó como asociación libre, el hecho de que a través de aquel cuadro haya recordado el libro sobre los mundiales que mi papá me había regalado. Revolví el cajón de mi mesa de luz y allí se encontraba. Decidí arrancar por el final, el Mundial 2018. Desde mi perspectiva, el más frustrante que viví. Mientras leía cada palabra que había escrito mi papá, me trasladaba al living de mi casa de Santa Fe. Allí, mi mamá se sentaba a mi derecha en el sillón y, durante todo el partido, entrelazaba en sus manos, el rosario bendito por el cura de la Iglesia del barrio. No lo soltaba hasta que el partido haya terminado. Que increíble la manera en la que se vive este hermoso deporte.
A medida que iba pasando las páginas, sentía que todo lo que me rodeaba comenzaba a girar en torno a ese libro. 2014, 2010, 2006, 2002 y cada vez me mareaba más. Ya no eran solo las cosas lo que giraban sino que también yo comencé a hacerlo. Lo único que se mantenía estático era el libro. De pronto, cuando llegué a Italia 90´ todo se apagó por completo. Durante un par de minutos, me encontré en un vacío existencial, era como si me hubiesen reiniciado. Poco a poco, una luz comenzó a asomarse en la oscuridad y cada vez se hacía más grande, venía directo hacia mí. A ésta la acompañaba un zumbido, que a medida que avanzaba, sonaba como una canción. De un instante a otro, escuché nítidamente: “Notti magiche inseguendo un goal”. Era la canción del mundial.
Abrí los ojos y me encontraba en una de las tribunas del Estadio Olímpico de Roma, la canción “Un´Estate Italiana” se estaba haciendo eco en cada sector. Observé detenidamente a mí alrededor y era un mar de camisetas “azzuras”. Sin embargo, banderas albicelestes asomaban en una esquina como pequeñas olas. Dentro del campo de juego, delante de una orquesta del ejército, se encontraban alineados jugadores con camisetas azules y blancas. En un momento, luego de un segundo de silencio, comenzó a sonar el himno argentino. Ahí me di cuenta, estaba en la final de la copa. De la emoción, junté mis manos y me toqué el pecho. Apreté fuerte el dije que colgaba de mi cuello. Aquel amuleto que compartimos con mi hermana, que nos acompaña a ambas a todos lados y nos protege. Estaba cumpliendo un sueño. Toda mi vida anhelé haber vivido ese inolvidable mundial, en el cual el equipo de Bilardo fue más bilardista que nunca. Habíamos dejado en el camino a Brasil (en el partido donde nació el “bidón”), y al dueño de casa por penales, con un Goycochea implacable. Sin ninguna explicación lógica, estaba ahí. De todas formas, poco me importó eso a la hora de disfrutarlo.
Mientras pasaban los minutos yo no paraba de pensar en lo lindo que hubiera sido poder ver este tremendo espectáculo con mi papá y mi hermano. Como regalo y, a su vez, como prueba de que estuve allí, minutos antes de que cobraran el penal en favor de Alemania, decidí bajar a la primera fila de las gradas y, en el momento que se pitó aquel fallo, tirarme a la pista de atletismo que rodeaba al campo de juego. Luego de haber sobrevivido a la caída, me escabullí en dirección al banco de suplentes argentino y agarré la primera camiseta que encontré. Me di vuelta y corrí sin rumbo alguno. La vista se me enceguecía con cada paso que daba y el aire se me agotaba. De golpe, dejé de ver, de transpirar y de respirar también. Estaba cayendo en un pozo ciego que parecía no tener fin.
En ese momento, abrí los ojos y me levanté agitada. Era de día. Estaba en mi cama con el libro de los mundiales a mi lado. Los apuntes, tirados en el suelo. Todo había sido un sueño, me había quedado dormida estudiando. Pero se sintió más que eso, fue todo demasiado real. Me levanté para preparar el desayuno y algo cayó sobre mis pies. Era la camiseta. Al final, mi mamá tenía razón. Estudiar, sin dudas abre puertas a nuevos mundos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario