Diario de escritores

martes, 28 de abril de 2020

Versiones de "La última charla"

Alumna: Julieta Pettinari
Docente: Santiago Castellano
Comisión: 07
Modalidad: Individual
Indicación: Primera escritura

Consigna: A partir del microcuento que escribieron (o que van a escribir): hacer 3 versiones del mismo, cambiando de género, o llevándolo a un género que les interese. La versión puede ser más cercana (mantener la secuencia de acciones y los personajes, pero cambiar de ambiente, época, final) o puede ser más lejana (que el protagonista sea un personaje lateral, que se cambie el punto de vista desde donde se cuenta, se agreguen personajes, se modifiquen las acciones, se altere el orden temporal, por ejemplo contar desde el final y hacer flashback...), lo principal es que haya alguna semejanza entre el primer texto y el nuevo.

La última charla (género policial):

Fui Osvaldo Castro. Trabajé desde 1990 en los Cascos Negros, la fuerza de seguridad secreta de la Organización de las Naciones Unidas. Durante meses investigué sobre una secta religiosa que planeaba destruir el mundo. Uno de mis contactos en el sur de Italia,  me había informado que su líder era un monje y que éste, se encontraba reclutando personas de todo el mundo para que se unan a él.  Era mi momento de atraparlo. Yo, personalmente, me infiltraría en aquella reunión que se estaba tramando en Nueva York.

Después de un largo viaje desde Buenos Aires, llegué. Con mi computadora accedí a la lista de convocados y pude observar a unas cien personas de diferentes nacionalidades en ella. Uno de ellos era Francisco Loyola. Ese iba a ser yo. Para las 7 de la mañana ya me ubicaba en el hall central del edificio donde se llevaría a cabo la reunión. Una hora más tarde, el lugar se llenó de hombres bien vestidos, entre quienes se entremezclaban los participantes de dicho encuentro con los trabajadores de oficina. 

Pronto apareció un señor mayor que vestía una túnica negra, la cual dejaba a entrever, únicamente, su larga barba gris. Se dirigió hacia aquellos que estábamos aguardando en la recepción y nos guió hacia el ascensor. A medida que tomaban lista, subíamos al piso 92 de la torre. Se hicieron las 8.30 de la mañana y ya todos nos encontrábamos en la enorme sala de reunión. Me ubiqué en la primera fila, no quería librar ningún detalle al azar. 

El monje comenzó su presentación. La frase “Salvemos a la Humanidad” se reflejaba en el fondo del escenario en el cual se ubicaba. Sin embargo, me di cuenta de su estrategia. Buscaba convencernos a todos los presentes de que fuéramos en contra del sistema. De pronto, no pudimos oír más. Una explosión se hizo eco en toda la sala. 

Ahora me encuentro atrapado aquí, en la Torre Norte del Centro de Comercio Mundial. No tengo escapatoria. Escribo esto para avisarles a mis superiores que era él, toda la investigación valió la pena. Hoy, 11 de septiembre del 2001, va a ser mi último día en el trabajo. Me voy con la tranquilidad de haber cumplido el objetivo. 

La última charla (género ciencia ficción):

Hace unos meses vi un anuncio en el diario el cual titulaba: “Salvemos al mundo” con un número telefónico apuntado en él. Siempre dije que quería dejar mi marca en la humanidad, por lo tanto llamé. Al marcar el número me tele-transporté inmediatamente a un lugar oscuro donde sólo podía ver un monje sentado en una silla. Sin siquiera acercarme a él, comenzó a hablar: “La reunión Salvemos al mundo es el 13 de Marzo de 2023 a las 20 horas en la nave Cristo Z-50, ubicada en las coordenadas 48°50’54’’N del espacio aéreo.  El único requisito para poder acceder a ella es la lectura completa de La Biblia”. Desorientado y con algo de miedo le respondí que lo haría. Quise caminar hacia él, pero al intentarlo volví a mi casa. 

Tenía exactamente 2 meses para leer La Biblia, y como no quería malgastar ni un segundo, comencé a hacerlo esa misma noche. A medida que iban pasando los días, me llenaba la cabeza de preguntas: ¿Por qué La Biblia? ¿Qué tiene de especial? ¿Cuántas personas irán? ¿Qué habrán sentido las otras personas al tele-transportarse? Me sentía nervioso, ansioso y curioso. Me obligué a mí mismo a aprender lo más posible acerca de la vida de Dios para estar completamente preparado.

El día anterior al encuentro, justo cuando estaba por dormir, se presentó el monje al lado de mi cama y dijo: “Hijo, recuerda que mañana es el gran día, sé puntual” y se esfumó. Esa noche no pude dormir, daba vueltas en la cama repasando todo lo que había aprendido. Finalmente, llegó el gran día. Me puse la mejor vestimenta que tenía y fui. Llegué a horario y en la puerta había al menos unas veinte personas que se fueron sumando de a poco hasta llegar a unas cien. De repente se abrió la puerta, entramos de manera ordenada y nos sentamos. Yo busqué un lugar en primera fila ya que me sentía lo suficientemente preparado y capaz. 

Mientras el monje hablaba, lejos de mantenerme enfocado, comencé a dormirme. Me costaba horrores fijar la mirada en el frente y, al observar a mi alrededor,  noté el mismo efecto en los presentes. Luego de ello, no recordé nada más, me sumergí en un profundo y plácido sueño. Aquel que terminó durando 100 años. Así es, un siglo más tarde, desperté, ya sin mis compañeros alrededor. El lugar no era el mismo, estaba en una especie de fábrica abandonada. Sin embargo, lucía muy moderna como para serlo. El monje, situado justo en frente mío,  se encargó de orientarme en tiempo y espacio. Sorprendentemente, era el mismo que dio la charla. En ese momento, me encargó la misión: “Sal y haz valer la Palabra de Dios. Eres El Elegido. Sálvanos”. Finalmente,  llegó mi momento de dejar esa huella en el mundo que tanto deseé. 

La última charla (género drama):

Era 31 de Diciembre de 1999. Vísperas de año nuevo y cambio de siglo. Roberto Farías se encontraba solo y desalmado en su monoambiente ubicado en el barrio porteño de San Telmo. Se cumplía un año del fallecimiento de su familia en un accidente de tránsito. Estaban rumbo a Mar del Plata, cuando un camión que se cruzó de carril, los embistió. Él había decidido no viajar, ya que pasaría aquella fiesta en el sur del país como mochilero. Siempre fue una persona solitaria e introvertida. No tenía amigos y su único sostén era su familia. Cuando murieron, se sumergió en una profunda depresión. Pensó en quitarse la vida innumerables veces, pero la Palabra de Dios lo abstuvo. La desgracia que sufrió, provocó que su vínculo espiritual con Dios se fortaleciera.    

Esa noche, con una cerveza en su mano derecha y una foto familiar en su izquierda, se recostó en su cama a ver la cuenta regresiva televisiva que tanto caracteriza a esta fiesta. De pronto, un anuncio llamó su atención. La imagen mostraba a un monje que anunciaba: “Hey tú, Él te está llamando. No te quedes ahí quieto ¡Salvemos al mundo juntos!”. Con una convicción que jamás antes había tenido, soltó lo que tenía en sus manos y, rápidamente, anotó el número de teléfono que aparecía en la parte inferior de la pantalla. La emoción que tenía no le permitió dormir en toda la noche. Roberto se ilusionaba con qué, a partir de ese llamado, su vida cambiara para mejor.  
     
A primera hora del día siguiente, se comunicó con dicho número. Una muchacha que se presentó como secretaria de los organizadores del evento, se encargó de explicarle en qué consistiría. En resumen, éste se trataba de una reunión masiva, en la cual el monje franciscano, Paco Mazza, introduciría a los presentes la llave para la salvación de la humanidad. Tendría lugar en un teatro de Parque Patricios el 10 de enero del corriente año y tendría un costo de $500. 

Durante los días previos, a Roberto lo carcomió la ansiedad. El día de la reunión, se vistió con su mejor prenda y partió, temblando de los nervios, rumbo al encuentro. Al llegar, quebró en llanto, tumbó sus rodillas contra al suelo y, con su vista puesta en el cielo,  agradeció a Dios por esta posibilidad en nombre de toda su familia. Luego, entró. El lugar portaba un estilo lúgubre y abandonado, lo que llamó mucho su atención. No obstante, para su tranquilidad, unas cien personas se encontraban allí. 

A los pocos minutos de tomar asiento en la primera fila, el monje hizo su aparición. Él lo había imaginado vistiendo  una túnica roja, descalzo y con cabeza calva. Sin embargo, llevaba puesto un traje de etiqueta, unos zapatos de altísima calidad y un peinado bien cuidado. Sorprendentemente, lucía muy distinto a lo que supuso.  

Sin presentación mediante, Mazza comenzó diciendo: “Vine a contarles algo que nadie  sabe, pero que está oculto en este libro y que ustedes deben descifrar para salvar al mundo y todo lo que hay en él. Es de vital importancia que lo lean. Sólo así se salvará la humanidad. Yo solo no puedo, necesito de sus dotes y cualidades para lograrlo”. Aquel libro, era la Biblia. Roberto estaba seguro de que estaría a la altura de la misión, ya que la había leído de punta a punta. Pero, inmediatamente después, el monje aclaró que el rol que cumplirían los presentes iba a ser el de apoyar económicamente la causa. El capital recaudado, se utilizaría para expandir al grupo alrededor del mundo y así, con la palabra cómo arma principal, podrían derrocar al sistema imperante. 

Es indescriptible la decepción que se llevó consigo Roberto. Aquel cambio con el que soñó, terminó siendo un reflejo de la realidad que lo azotaba día a día. El mundo era un negocio, ya no tenía sentido seguir viviendo en él. 
  





No hay comentarios.:

Publicar un comentario