Diario de escritores

martes, 14 de abril de 2020

A partir de la anécdota de Chéjov

Alumna: Julieta Pettinari
Docente: Santiago Castellano
Comisión: 07
Modalidad: Individual
Indicación: Primera escritura

Consigna: A partir de la anécdota de Chejov, contar un cuento. “Un/a ………………. (Nombre o tipo de personaje), en ..................  (lugar, ambiente, época), va a un/a ……………………  ( Situación, ambiente más concreto, institución), gana / hereda / accede / encuentra / roba / recibe / falsifica /  etc  un millón (o cifra grande), vuelve a ............. (lugar, ambiente, etc), se suicida “.

El ambiente se puede elegir en el pasado, presente o futuro, también se puede variar el género (fantástico, de terror, de ciencia ficción, drama, cómico o paródico, policial, maravilloso, de iniciación), el tipo de protagonista y la trama de los hechos. Lo principal es que se vean las dos lógicas, la de la historia del dinero o riqueza descubierta y la del suicidio.

Barrilete al cielo


Corría el año 1990, Diego “Barrilete” Carranza se encontraba rodeado de cartones en la esquina de Paraná y Juncal en el barrio porteño de Recoleta. Con sus pelos largos descuidados, vestiduras rasgadas y mal aroma, se limitaba únicamente a barrer las hojas que lo molestaban y cambiar el agua de su balde, que supo contener pintura alguna vez, pero, que en aquel momento utilizaba como baño. Me era difícil asimilar que un campeón del mundo con la selección del 78´pudiera encontrarse en tal situación. Pasó de no poder caminar por la calle por la cantidad de fotos y autógrafos que le pedían, a que le pasen caminando por al lado sin siquiera dirigirle la mirada por el aspecto que tenía. 

Yo era un adolescente de unos cortos 15 años y el “Barrilete” era figura del Independiente de mis amores. Todavía recuerdo cuando iba a la cancha con mi viejo, durante los 90 minutos no le quitaba la vista de encima a aquel 7 que iba y venía por la banda izquierda, dejando atrás a cualquier rival que se le pusiera enfrente. Verlo jugar era una verdadera obra de arte, de las mejores que uno jamás pudo haber imaginado. Lamentablemente para mí y muchos otros fanáticos del “Rojo”, tras dos grande años de agasajarnos con su exquisito fútbol, se fue a Europa por una millonaria cifra. Los madrileños de la “Casa Blanca” fueron a verlo y se lo llevaron por un millón de dólares. Por lo que escuchaba en la radio, el “Barrilete” vivía como un duque, su humilde infancia en Puerta de Hierro había quedado en un lejano recuerdo del pasado. Lo poco que conservaba era la viveza del potrero, la facilidad para hacer amigos y, lamentablemente para su carrera, los malos hábitos del consumo de droga que unos conocidos del barrio le facilitaban.

La fama y la fortuna se convirtieron en los peores enemigos de Carranza. El mal manejo de estas condiciones provocó que se sumerja cada vez más en la adicción. Su vida se convirtió en una bomba de tiempo. 

Luego de haber tocado el cielo con las manos, tras la consagración en la Copa del Mundo del 78´, el “Barrilete” colgó los botines y echó su vida a la fortuna. A la droga, se le sumaron el juego y las prostitutas; combinación que a los pocos años aniquiló su fortuna. Diego quedó solo, mamá y papá ya lo miraban desde el cielo, hermanos no tenía y sus amigos desaparecieron de su vida. Así fue, cómo 12 años después, la vida lo encontraba desamparado en aquella esquina. 

Una mañana de trabajo, como cualquier otra, mis negocios me llevaron a una reunión en Juncal y Uruguay. Estacioné el auto donde pude y me dirigí caminando hacia el destino. En el medio del recorrido, lo ví. Era él, mi ídolo de toda la juventud. Estaba tirado comiendo restos de basura ¿Pero cómo? ¿El glorioso “Barrilete” Carranza comiendo de la basura? En el momento, seguí mi camino, aunque no pude dejar de pensar en aquella imagen. Inmediatamente después de terminar mi trabajo, volví hacia él. No podía verlo así. Pese a no habernos conocido personalmente, su fútbol alegró una importante etapa de mi vida, lo quería como a un familiar. 

Me acerqué hacia él. Mi cabeza me frenaba, pero sentía una energía magnética que no me permitía dar marcha atrás. Lo saludé y noté en su mirada una gran sorpresa. Al devolverme el saludo, no pude contener las lágrimas. Atiné a decirle: “¿Qué te pasó Barrilete? ¿Qué te hicieron?”. No supo que responderme, levantó los hombros y nos fundimos en un abrazo fraternal. Una vez recompuestos, le invité un café con medialunas en el bar de la esquina. Por la pinta de Diego, no nos dejaron pasar, pero lo tomamos en la plaza de enfrente. Allí comenzó a explicarme cómo fue que terminó de esa manera y yo aproveché para contarle todo el aprecio y admiración que le tengo.  

Sentía que no podía contentarme una simple charla, dejando a mi ídolo viviendo en esa realidad. Juntando mucho coraje, le propuse una alternativa para recobrar su vida. Sonará loco para muchos, otros dirán que el loco soy yo, pero fue lo que mi corazón me llevó a hacer en ese momento. Además de invitarlo a quedarse en mi hotel, le regalé un millón de pesos, sí, así como leen, un millón de pesos. Gran parte de los ingresos que generaba anualmente mi cadena hotelera, iban a ir dirigidos hacia la persona que supo hacerme feliz mucho tiempo. Por supuesto que no los saqué de mi billetera y se los di en el momento, pero le expliqué que lo iba a ayudar a administrarlos una vez que se los haya depositado en la cuenta de banco que le crearía.  

Al escuchar esto, “Barrilete” se paralizó. Levantó su mano y me acarició la cara, como para corroborar que no estuviese inmerso dentro de un profundo sueño. Una vez que se topó con la realidad, sus ojos se abrillantaron y la emoción se apoderó por completo de él. En el momento, no le salieron palabras, simplemente asintió con la cabeza dando a entender que aceptaba la propuesta. 

A lo largo del trayecto hacia mi hotel no paró de repetir: “Dios existe, vos sos mi Dios”. Cuando llegamos, le comenté acerca de la asistencia psicológica que le iba a brindar un profesional y todos los servicios que iba a disponer en el hotel. Luego de una recorrida, lo despedí dándole un bolso de ropa mía que supuse que le quedaría.  Esa noche no pude pegar un ojo, daba vueltas en mi cama pensando la locura que estaba viviendo. Yo, Marito Fernández, le estaba salvando la vida a una de las más grandes estrellas que tuvo el fútbol argentino.

De la noche a la mañana aquel pensamiento se desmoronó. 

“A mi Dios:
Siempre creí en vos. De alguna manera todo este tiempo estuviste a mi lado, pero no te supe ver, ni mucho menos escuchar. Fuiste el único que se fijó en mí, fuiste un padre omnipresente al que, en su momento, no le presté atención. Me diste todo: afectos, éxito, dinero, fama; me abriste las puertas para mi salvación.
Sin embargo, nunca me detuve a pensarlo. Me deje llevar por esas tentaciones, de las cuales vos siempre me hablaste al comienzo del camino. Tropecé una, dos e innumerables veces más hasta que me hundí.
En ese momento pude comprender todo, había echado a perder la oportunidad que me diste en esta vida. Me lo merecía, así que no me quejé. Fue la patada más fuerte que alguna vez recibí, la única que me tumbó de tal forma, que no me pude levantar jamás.
En la calle aprendí la peor cara de la humanidad. Todas esas personas que supieron amarme cuando estaba en la cima, ahora me ven como una molestia, peor que eso, ni me ven, me hacen sentir un fantasma, un hombre muerto en vida.
De pronto apareciste. Me diste otra oportunidad. ¿Pero qué voy a hacer yo con ella? Si cuando la tuve no supe usarla y terminé en lo más profundo de la miseria. Yo ya me doy por perdido. Vos me hablaste de reconstruir una vida… ¿Cuál vida? ¿Para qué? No tengo a nadie. Sigo siendo ese fantasma callejero y nada lo va a cambiar. ¿Psicólogos? Ya tuve ¿Medicamentos? Ya tomé. Mi vida es un caso perdido. Ya no soy tu hijo Dios, me dejé adoptar por la tentación. Barrilete murió.
Siempre te voy a estar agradecido, pero mi vida tendría que haber terminado en el 78’, ahí cuando todavía era tuyo.
Te saluda desde el cielo.
Diego Carranza.”


Esa carta se posaba debajo de un vaso alrededor de botellas de alcohol en el escritorio de la habitación. “Barrilete” estaba colgado con un cinturón del ventilador de techo. Sus piernas volaban como cuando corría por el verde césped, sólo que esta vez, permanecían estáticas. Maté a mi propio ídolo. Destruí lo que quedaba de su persona. Inocentemente, pensé que estaba haciendo un bien, pero cause un daño irreparable. No pude soportarlo. Me fui con él. 

1 comentario:

  1. Hola Juli! Elegí tu blog para comentar por varios motivos. El primero de ellos porque no hay nada que me guste más que las pasiones y la tuya por el fútbol es evidente al punto tal que cuando incluis esto que tanto te gusta transmitís aquello de lo que narras. Puedo verlo en este cuento, con el nivel de detalle y las referencias al pasado que utilizas para explicar un poco más la vida del futbolista. Se nota también en tu vídeo de presentación que es algo a lo que aspiras y que realmente es un tema que te llena. Por otro lado me gusta mucho de tu forma de expresarte las metáforas que usas y las palabras que elegís para representar cosas particulares, como por ejemplo cuando escribiste sobre Stephen King: "el eje funciona como una correa que nos va llevando" o del "Texto del corazón" la siguiente frase de tu reflexión: "Leerlo era casi como mirarme al espejo, tuve la sensación de que en aquel vidrio empañado del colectivo, se transformaba en un proyector de la película sobre mi estadía en la gran ciudad". Por último algo que me gustaría destacar y con lo que me siento identificada, es que se nota que investigas para escribir sobre el trasfondo de temas o personas en particular. Das a entender que sabes de lo que estás escribiendo y que podes ser concisa y dar una imagen más completa del panorama. Es muy lindo leerte!

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