Diario de escritores

martes, 31 de marzo de 2020

Autobiografías

Alumna: Julieta Pettinari
Docente: Santiago Castellano
Comisión: 07
Modalidad: Individual
Indicación: Primera escritura

Consigna: Como para ir empezando con actividades, les encargo leer del cuadernillo de Autobiografía la parte 2. Autobiografías de escritores y las dos de estudiantes. Pensar y responder en un texto las siguientes cuestiones:
¿Alguna autobiografía se distancia de las características canónicas del género? (fijarse en el prólogo de Beatriz Sarlo al libro Primera persona (pp.31-33), y los textos de Phillipe Lejeune (pp. 83-86), Silvia Molloy (p. 86) y Juan Carlos Gorlier (pp. 88-91)) ¿En qué? Describirla. 
¿Qué imagen del autor construye cada una de las autobiografías? ¿Cómo lo logra? Marque en el texto y cite las zonas donde puede leerse esa imagen.
¿Hay ejes, temas, procedimientos que estructuren el relato?
¿Cuáles son los recursos o procedimientos que más le llamaron la atención? Señale y cite los fragmentos pertinentes.
¿Cuál es la que le resulta más atractiva? ¿Por qué?

¿Qué tópicos y formas tomaría prestados o "robaría" para escribir una autobiografía propia?

Distanciamientos entre autor y género autobiográfico

Una de las características canónicas del género autobiográfico es que forma parte del grupo de los textos referenciales, por lo tanto, conlleva un pacto referencial. Este implica un juramento de verdad: “Yo juro decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad”. Sin embargo, se suelen dejar márgenes para inevitables olvidos, errores o deformaciones involuntarias. 
Alberto Laiseca comienza desafiando este criterio: “Es imposible que una autobiografía sea sincera. Por lo menos, no del todo. O porque calla algunas cosas o porque transforma otras. Ni a la mujer amada uno le cuenta todo (ni ella a uno)”. El autor deja en evidencia que esos olvidos o deformaciones que Philippe Lejeune caracteriza como involuntarios, no lo son. Por ende, antes de comenzar a leer sobre su historia, ya sabremos de antemano que el pacto referencial estará roto.
A su vez, mediante esta presentación, Alberto nos deja a entrever que no se presentará tal cual es. En contraposición, Juan Carlos Gorlier, afirma que una de las características obligatorias de este género es presentarse como uno realmente es. Si bien Laiseca es sincero al decirnos que nos ocultará información, no lo es con su propia historia ni con el género consecuentemente.
Osvaldo Soriano también se aleja del género al otorgarle a su texto un tinte novelístico. Durante el desarrollo del mismo, relaciona dos elementos: su vida y los gatos. Hace de estos últimos un sostén fundamental que, de diferentes formas, lo fueron acompañando a lo largo de su trayectoria. Por momentos, son los gatos los protagonistas del relato. En el cierre evidencia lo expuesto previamente: “Yo no tengo biografía. Me la inventarán, un día, los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en los bordes de la luna”. 
El texto de Sylvia Molloy, en un principio, parece que nos llevará también por el lado novelístico como lo hizo Soriano. La introducción la lleva a cabo narrando un sueño que tuvo sobre una frustrada llamada telefónica con “E”. Sin embargo, al seguir la lectura, nos damos cuenta que este recurso le sirvió como pie para contar su historia en Buenos Aires y Nueva York. 
Por otro lado, Ricardo Piglia busca unir sus dos vidas (en La Plata y Almagro) a través de un relato enmarcado sobre las cartas entre una joven llamada Angelita y un hombre. Esto produce que, por momentos, su relato parezca ficticio y consecuentemente, se aleje del género autobiográfico. Paul De Man nos dice que la autobiografía parece depender de hechos potencialmente reales y verificables, la historia que narra Piglia, no parece seguir estos lineamientos. 
Por último, la estudiante, Dámaris Rolón, diferenciándose de los autores leídos previamente, estructura su relato como una carta dirigida hacia su ahijado. Ella cede parte de su protagonismo, para centrarse en las historias paralelas de la inminente muerte de su abuelo y el nacimiento de su ahijado.  Por el contrario, Philippe Lejeune establece que el énfasis debe ponerse fundamentalmente en la vida individual, la génesis de la personalidad. Rolón no nos cuenta más  que sus reacciones ante las noticias que va recibiendo a medida que el relato progresa. Entonces, podemos determinar que no respeta por completo las características del género autobiográfico. 

Imagen de cada autor

Héctor Tizón 

El autor desde un principio deja en claro su personalidad, no da vueltas a través de metáforas o comparaciones, lo hace de manera concreta: “Soy un ejemplar de frontera”. Esta frase nos da a entender que es un hombre de campo, trabajador y responsable. A medida que continuamos con la lectura lo corroboramos, sobre todo cuando habla sobre el abandono de su padre. Eran 14 hermanos y alguno tenía que hacerse cargo de ese rol, tomar las riendas de la familia y ayudar a su abuela. No podemos determinar quien finalmente toma ese papel, pero sí que esa ausencia fue significativa. Según las propias palabras del autor, “ese varón confuso e irresponsable” quedó mitificado en la familia. Luego, su espíritu lo empujo a dar el salto para irse a estudiar a la ciudad, dejando todo atrás.   
Sus palabras, al omitir su adultez y actualidad, denotan que su infancia y juventud fueron determinantes en su vida y marcaron el resto de su historia ya que, una vez que termina de contar esas etapas, cierra diciendo: “Mis derroteros, mis dos caminos quedaron trazados, y comencé a morir, lentamente, hasta hoy”. 

Alberto Laiseca

Al igual que el autor analizado previamente, Laiseca desde un primer momento, deja en claro su personalidad, un hombre misterioso, con suficientes secretos como para no contarlos. Textualmente dice: “Es imposible que una autobiografía sea sincera. Por lo menos, no del todo. O porque calla algunas cosas o porque transforma otras. Ni a la mujer amada uno le cuenta todo (ni ella a uno)… De todas maneras, aquí van algunas cosas”.  
Una vez inmersos en su misterio, nos da ciertos datos que nos permiten seguir indagando sobre su personalidad. “Estudié ingeniería y la dejé para dedicarme a la literatura”. Este cambio radical deja a entrever que es un hombre indeciso, que no sabe exactamente lo que quiere, que se va haciendo sobre la marcha. Podemos agregar también que a pesar de no saber lo que quiere, como diría Luca Prodan, lo quiere ya. Esto lo podemos determinar mediante la interpretación del siguiente fragmento: “Hace treinta años quise ir a una guerra (no importa cuál)… No era por ideología, era para seguir un curso rápido de crecimiento”. Evidentemente, lo que quería era madurar, dejar su adolescencia para pasar a la vida adulta en un instante.  
Por otro lado, nos damos cuenta que el autor utiliza a la literatura como terapia, descarga sus peores sufrimientos en sus cuadernos. De allí surgió el libro “Los Sorias”, al cual se refiere de esta manera: “Sufrí tanto, pero tanto con esa gente que la única manera de librarme de ellos (de sus fantasmas) fue escribir un libro de mil doscientas páginas. Se llama Los Sorias. Con los hermanos viví tres meses. Para escribir la obra tardé diez años”.

Osvaldo Soriano

“Perezoso y distante”, como los gatos. Esas son las características con las que se nos presenta Osvaldo Soriano: una persona obsesionada con esos animales, definiéndose  como uno de ellos. Sumando los hechos que narra, podemos determinar que los protagonistas pasan a ser ellos, tienen un rol decisivo en la vida del autor y siempre, de alguna u otra manera, los encontramos involucrados.  Tanto es así que finaliza diciendo: “Yo no tengo biografía. Me la inventarán, un día, los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en los bordes de la luna”. 

Hebe Uhart

La autora, a diferencia de los previamente leídos,  hace una descripción muy amplia de su personalidad y su manera de ver las cosas. En las primeras líneas, ya nos brinda una clara primer imagen: “Vivo en un  barrio medio, ni pobre ni rico y así es como me gusta: no desearía ser muy rica ni pobre”.  Por lo que, podemos decir, que ante todo es una persona humilde. A medida que corren las líneas, vamos incorporando más características sobre ella. Es una bohemia, prejuiciosa, intuitiva, desprendida, desinformada, miedosa a los aviones y se dedica a la docencia. Sin embargo, ella hace énfasis en su perseverancia, en como diferentes situaciones de su vida producen que ella misma se premie esa virtud: “No me gusta muchas gestiones: administrativas, editoriales y de dentista, cada vez que debo ir a una editorial nueva a llevar mis cosas o al dentista yo misma me premio. Yendo así, uno puede entender lo uno y lo múltiple. “Venga la semana que viene”, o “No hay plata”, dicho de las maneras más inverosímiles”. 
Luego, desata su optimismo al tratar dos temas: el apocalipsis y los jóvenes. Del primero dice que no cree en ese tipo de teorías y, del segundo, comenta que no han perdido esa ambición que caracteriza a la etapa. 
Finalmente, denota que es una gran persona al decir: “Creo en que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o como se llame: debemos tratar de no amargar a nadie”.

Sylvia Molloy

Desde mi punto de vista, estamos ante una mujer melancólica y, a su vez, ansiosa. Su relato comienza hablando de un sueño que deja a entrever su estado  emocional actual: frustración. Luego, la narración nos va llevando hacia las dos características que mencionamos al principio. “Me he vuelto impaciente. Fantaseo vidas paralelas. Me veo en distintos países, me pienso en distintos idiomas, como para multiplicar espacios y ganar tiempo”. En ese fragmento, reconoce su ansiedad, mientras que en el siguiente, su melancolía. “En una de mis fantasías, regreso a la Argentina, me invento una vida en Buenos Aires”.
La lectura nos genera cierta tristeza, su imposibilidad de recordar ciertos momentos de su infancia, de no poder abrir la libreta de su difunta madre como tampoco sus cajones, producen un clima saudade en nosotros como lectores. Encuentra en el inglés el idioma del recuerdo, principalmente de su padre. Paralelamente, ciertos estímulos despiertan en su memoria otros recuerdos e inquietudes, como por ejemplo las charlas entre su madre y su tía: “Yo era triste de chica, también muy curiosa: ¿de qué hablaban, en realidad, mi madre y mi tía? En Nueva York los ladridos reproducen, intacto, aquel desencanto. También la curiosidad”.
Al cierre, entendemos más que nunca su frustración cuando escribe: “Desde hace un tiempo que siento que me ha cambiado la memoria. No es que me olvide de las cosas, es que recuerdo de manera diferente”.

Vlady Kociancich

La autora comienza narrando el momento de su  nacimiento y todos los hechos terribles que le toco vivir con apenas minutos de vida, esto nos va generando sensaciones que van cambiando a medida que las oraciones pasan. Miedo, indignación y un clima catastrófico nos embebe. El punto y aparte que utiliza luego, sirve como calmante para que nosotros, los lectores, podamos aliviar la tensión y dejarnos llevar por su historia. 
Sin embargo, el conflicto no terminaría ahí, seguiría más latente que nunca. Las peleas familiares relatadas como si fuesen una verdadera guerra (“Mis abuelas dirigían las maniobras desde la base de domando del patio o de una mesa de costura”) y el episodio que vivió a sus dos años (“Me encontraron en el fondo de un pozo de cal seca, después de un día de búsqueda”) funcionaron de combustible para que esa llama siga ardiendo dentro nuestro. 
El antes y el después, tanto en su vida como en el relato, lo produce su ida a Buenos Aires a sus cortos dieciocho años. “Como un libro a otros libros, la ciudad daba a otras ciudades…Ciudades incompatibles, simultaneas”. Desde ese momento, su persona despega y parece no tener techo que la detenga: “Me decían que escribiendo no se va muy lejos. Cuando me hice a la idea, ya estaba en Roma, París, Londres, Moscú, escribiendo para una revista de turismo”.
Finalmente, se encarga de dejarnos una sensación de patriotismo. Pese a que Europa le dio todo profesionalmente, ella escribe: “Le debo a Buenos Aires un amor por su gente y por sus voces que no se extingue nunca, y mi única, verdadera conciencia de una patria”.

Ricardo Piglia

Una vez que nos sitúa en tiempo y espacio (Marzo de 1965 - Buenos Aires), el autor nos hace entender que es un hombre trabajador y austero. Sin embargo, en lo que termina haciendo énfasis es en sus vidas paralelas, busca que nos sumerjamos junto con él dentro de ellas. Para ello, hace una descripción minuciosa de los ambientes en los cuales él vivía, en los que terminaría encontrando las cartas entre Angelita y un hombre. Al terminar de relatarnos ese juego de cartas, se dirige hacia los lectores como si fuésemos testigos de aquel hecho, tiene la intención de refugiarse en nosotros: “Explicaciones no tengo…  No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades; parece más raro encontrar, en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y a las que uno no conoce”.  
Inmediatamente después, utiliza la elipsis para remontarse a su actualidad: “La casa de pensión en La Plata todavía está y todavía sigue ahí el estudiante crónico que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires”. En el medio, habrán quedado seguramente,  grandes momentos que nos servirían para obtener una descripción más amplia de su persona.

Rodolfo Walsh

Una vez que terminamos de leer su relato, notamos que está estructurado como si fuese una línea de tiempo. El autor, nos resume, paso a paso, como llega a ser quien es. Ahora bien: ¿Quién es él? Podemos decir que Rodolfo es un hombre indeciso, con grandes ambiciones (pero que supo mantener los pies sobre la tierra),  trabajador, paciente y un luchador por sus sueños. 
Al igual que Vlady Kociancich, tuvo un antes y un después en su vida: “Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”. El asunto de encontrar su verdadero oficio fue algo que, evidentemente, lo tuvo a maltraer muchos años y, una vez que halló la literatura como éste, no quedó tan satisfecho espiritualmente como esperaba. Desde mi perspectiva, esa es la explicación al cierre de su relato: “Sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”.

Dámaris Rolón

La autora presenta una carta que le escribe a su ahijado en la cual narra momentos ambivalentes que vive antes de que éste nazca. Por un lado, la alegría de ser madrina y, por otro, la preocupación por  el grave estado de salud de su abuelo. Situándonos en nuestra perspectiva, la del lector y bajo la luz del género autobiográfico, este texto deja mucho para interpretar. Ninguno de los autores leídos previamente se puede comparar con ella.
Desde mi perspectiva, ella nos comparte esta carta porque debe ser un reflejo de lo que fue su vida en general, cargada de diferentes emociones y sentimientos, los cuales pueden llegar a tener lugar en un mismo momento.  Es una persona que ama a su familia, que, por momentos, necesita soledad y que no le escapa a la rutina. Cuando habla de los cuerpos con caras borrosas que se le acercaban y la abrazaban, entendemos que son aquellas personas que durante su vida intentaron vincularse con ella de buena fe, pero no les dio lugar.
En el final, es cuando nos deja a entrever lo significativo que fue todo lo vivido para ella: “Te despertaste llorando y te alcé. Me miraste y entendí. Entendí todo”. 

Inti Caporale Leal-Marchena

La autora toma a su mesa como pie para introducirnos en su vida. Tanto es así, que su texto se titula: “Sobre una mesa”. El recorrido nos lleva por todas las etapas de su vida para dejarnos bien en claro porque es quien es. Una joven venezolana, que ahora reside en Argentina, de carácter fuerte, paciente, estudiosa, inteligente, artista, alegre y amante de su familia. Una frase muy representativa que escribe sobre ellos es: “Siempre entre todos, porque acá siempre fue así”. 
Para concluir, Inti nos revela que: “Todo y todos pasaron sobre esta mesa. Y es sobre esta misma mesa bastante común, por cierto, y bastante fea, rectangular, con un color entre verde y blanco arriba y siempre desprovista de mantel, que estoy escribiendo mi primera “tarea” de facultad, una autobiografía”. El estudio termina siendo el motivo principal que la lleva a la redacción de este texto, en el cual nos deja en claro que sus mejores recuerdos (comidas, dibujos, juegos de cartas) tienen lugar sobre esa mesa. 

Ejes, temas y procedimientos del relato

En las autobiografías de Héctor Tizón y Alberto Laiseca podemos encontrar un eje similar ya que, en ambas, brindan datos sobre su infancia y adolescencia, pero no sobre su adultez y actualidad. 
En contraposición, aparece la historia de Hebe Uhart que comienza por el presente ya que realiza un relato dando características de su personalidad. El tema principal no es su vida en sí, sino cómo es ella.
Por otro lado, Rodolfo Walsh y Vlady Konciancich son los únicos que cuentan de punta a punta su vida, manteniendo un orden claro y sin confusiones. Ambos realizan una construcción narrativa donde vuelven a contar hechos de su pasado y finalizando el relato con datos de su presente. 
Osvaldo Soriano sobresale del resto al ceder su protagonismo a los gatos. Por ende, cambia el tema en la autobiografía al no contar datos de su historia. Su relato comienza a parecerse a una novela y lo confirmamos cuando afirma “Yo no tengo biografía”. Al principio del texto de Sylvia Molloy sentimos que también nos encontraremos con una historia parecida a la de Soriano. Sin embargo, al seguir leyendo, aparece la vida individual de la escritora. A pesar de no mantener un eje cronológico que guíe al lector, logra ser clara sin perder su estilo y manera de escribir.
Ricardo Piglia muestra un sello que lo distingue del resto. Escribe sólo una etapa de su vida en la que se encontraba viviendo en La Plata y Almagro a la vez. Quiso darle magia, creatividad y misterio al relato al contar sobre Angelita y sus cartas. Podemos decir, entonces, que lo vuelve ficción y da un giro repentino que cambia el tema que venía siendo líder de la historia: su vida.
Por último, se encuentran las estudiantes Dámaris Rolón e Inti Caporale Leal-Marchena. La primera, al igual que Soriano, cede su protagonismo al nacimiento de su ahijado y a la muerte de su abuelo. No mantiene un eje y tampoco el tema principal es la historia de su personalidad. Su relato se encuentra estructurado, pero como una carta dirigida hacia su ahijado. 
Por otro lado, Inti si realiza su biografía aportando datos de ella y su familia. Lo vuelve interesante al ir relacionando cada momento importante de su vida con la mesa de su casa. Al ser recuerdos aislados no es posible seguir un eje. De todas formas, intenta recomponer cada uno de los hechos que sucedieron gracias a aquella mesa.


Recursos que llamaron mi atención

Un fragmento que me llamó la atención fue el de Vlady Kociancich: “A los dieciocho años, descubrí Buenos Aires. Como un libro a otros libros, la ciudad daba a otras ciudades”. Esta analogía me dejó pensando y me llevó a mi primer día en Buenos Aires. Me gusta porque nos deja pensando a los lectores y funciona como una oración que tiene doble significado, va más allá. 
Inti Caporale Leal-Marchena al inspirarse de la frase de Dalmiro Sáenz también me impresionó: “Escribir sobre uno mismo es un poco incómodo, por eso prefiero escribir sobre una mesa”. Me parece una forma creativa y divertida para escribir una historia de vida.
Por último, Sylvia Molloy desde su perspectiva melancólica, se distingue al escribir sobre sus propios anhelos: “En una de mis fantasías, regreso a la Argentina, me invento una vida en Buenos Aires”.  Mediante este recurso, cautivó mi atención en el sentido de que yo también lo implementaría. Por ejemplo: en mis sueños, me imagino en Santa Fe con mi familia, disfrutando nuevamente de esa vida que, hoy por hoy, se ve como algo lejano. 

Autobiografía más atractiva

La autobiografía que me resulta más atractiva es la de Inti Caporale. Me gusta por el hecho de que eligió un objeto ordinario para explicar todos aquellos momentos importantes de su vida. Eso, me llevo a pensar en la casa de mis padres y en todos los momentos que vivimos juntos ahí. Pude recordar, que fue justamente ahí, donde viví mis más grandes alegrías.
Valoro el relato de Inti ya que logró tocar mi sensibilidad, me hizo imaginar, crear y re-pensar. Leyendo viaje unos años atrás y pude ver a mi mamá trayéndome su famosa tarta de choclo. Es por eso que leer abre puertas, tonifica el alma, conecta personas y llena de luz y vida los rincones más oscuros.

Tópicos y formas que utilizaría para mi autobiografía

Algo que busco al escribir es lograr ser entendida y que el lector pueda conocerme a través de mis palabras. Rodolfo Walsh escribe de una manera clara que copiaría para mi autobiografía. Al ir leyendo su relato, se iban generando imágenes en mi cabeza como si fuera una película. Eso pasa ya que el escritor mantiene un orden cronológico y a la vez, es muy conciso y fácil de entender.
Por último, lo que más me gustaría sería dejar una huella en cada persona que lea mi historia. Llegar al alma como lo hizo la estudiante Inti Caporale conmigo. Yo creo que eso es lo más importante: “La lectura a todos nos hace inmigrantes. Nos lleva lejos de casa… pero lo más importante es que nos encuentra hogares en todas partes.” (Jean Rhys).


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